Q.

su monumentalidad, la monumentalidad de sus caderas, pechos, piernas y vientre, introdujo en mí una cierta noción de fracaso cuando nos vieron del brazo (por primera vez). Ella sabía que yo la quería generalmente, que cuando levantaba la cabeza, levantaba la cabeza —cómo negarlo—: alquilamos un piso e íbamos de paseo y al cine (…) Supe más tarde, años más tarde, buscando debajo de los cajones, la talla exacta de mi mano, su grosor y rostro.