Él —treinta y tantos— había dejado a su novia de toda la vida pocas semanas antes. Ella —treinta y pocos— no llegó a estar nunca del todo con un ligue suyo con el que lo habían intentado durante tres o cuatro años. Se conocieron en una boda: esa misma tarde fueron lo que se dice infieles (dos veces). Y pasaron juntos el verano: fue el sol, una vez más, quien acabó secándolo todo. Ellos, finalmente, volvieron: ella —con casi cuarenta—, a pesar de todo, confesó que le echaba de menos. El otro él —treinta y tres—, un hombre digno a la par que esforzado, dijo que no.