Tres hijos acabaron con sus tetas: su figura, antes soñada en las horas muertas, se perdió (al parecer) para siempre. Era, en cierto modo, otra. Un día se lo dije sin más: «¿Qué ha sido de ti? ¿Qué ha sido de la muchacha de ojos claros que conociera? Por las mañanas, cuando ilusionado te busco entre las sábanas, no te encuentro. No te reconozco. Siento entonces un frío súbito, una soledad soberana».

No responde nadie.
El silencio quiere romperse con la mirada sorda del pescado que lenta, pacientemente, se deshiela al sol.