Halló el monte nevado y frío. Descendió entonces más abajo hasta la fuente de agua clara y trino alegre. Náufrago en cierto modo, desconsolado que no desesperado, reposó por fin sus huesos a orilla de una laguna tan negra que sin luna. Oía aún el bello canto de la serrana: «¿serán acaso las ramas verdes y floridas?», a lo que el cañaveral, brioso, repuso: «ahora baña sus cabellos: sus muñecas, las más blancas, después... ¡aun sin luna!». La fatiga de los fatigados se disolvió con el silbo del viento. Caía la noche estrellada.