O.

en encender el motor del coche, recuerda la segunda vez que se vieron, la dulzura de aquellos besos precipitados, los cabellos de ella entre sus dedos (del todo inasibles). Recuerda que, cuando descubrió sus tetas por primera vez, no las había imaginado así. Recuerda que pensó de inmediato en los múltiples puntos de vista que esperaban ser hollados. Entonces, de hecho, se preguntaba a menudo qué otras sorpresas ocultaría su ropa, qué otras promesas, estremecida su voz, cantaría la carne, qué guardarían, por fin, las esquinas del último abril… Cuando aquella otra noche besó sus pies en la playa, dijo lo que dijo en serio: es más, necesitaba decirlo. Con el tiempo, las puertas cerradas, los pestillos echados y las persianas incapaces: aquella luz gris e impotente por el suelo de casa: «te tengo dicho que ahí guardamos los trastos viejos».

Un montón de polvo: «Bajo a comprar tabaco».