«aquí» o «allá». Decía: «Yo te llevo». Hasta el recodo de un camino, un lugar poco transitado como la alameda o el pinar. La cascada de hombros, rodillas, el pie en el cristal, se sucedía sin estruendo ni esfuerzo. Nunca dedos suficientes para tan poca piel: «sí» «sí» y «ahora». Decía: «Vente conmigo (a la parte de atrás)» e insistíamos en extraviar lo que quedaba, derramar la vida entre sus pechos, tantas otras cosas.