Rogabas, decías:
—Calla. Deja que me ponga de rodillas.
Era todo una farsa: agitabas la mano hasta la extenuación, hasta que quedabas salpicada, «satisfecha».
Jugabas, decías:
—Échate en la cama (pronto). Deja que me ponga a cuatro patas.
E introduje mi entero corazón entre tus carnes. Lo perdí. Extraviamos tantas otras cosas: «chupa» —decías— y chupaba y lamía y un calcetín (exánime) en el suelo y después