Era la cuarta vez que nos veíamos:
—¿Qué tal? ¿Cómo va todo?
—Bien.
Seguía allí, sobre la estantería, aquella urna (funeraria):
—Yo no querría una urna de barro: Yo dejaría mis huesos entre tus caderas.
En aquella ocasión, no me ofreció dos copas rebosantes con que colmar mis labios, ni derramó su contenido frente a mí y el tedio (en mis ojos). No hirió mi cuello, ni mordí sus muslos. Siquiera bebimos el agua clara de nuestros cuerpos —por así decirlo—. Me dijo sin hambre que tenía ropa que planchar. Que me pasara un otro día cualquiera. En fin.