E.

y los trenes. También los lavabos. Recuerdo que empezó diciendo «no te atreves» como si todo ello, al fin y al cabo, fuese poco menos que una broma. Pero no, no fue así: acabamos encerrados en uno (incluso cuando se desabrochó el sujetador, cuando dejó al descubierto sus dos tetas —a menos de un palmo de mis narices—, dejó caer un «venga, va». Y fui. Fui yo quien le quitó las bragas y la puso (en definitiva) en su sitio.