D.

. Echa un ojo a su vida: frente al espejo, desnuda (casi vestida), sopesa la flacidez de sus senos y palpa sus caderas desganada. Recuerda la pequeña ermita de piedra en la falda del otero y los arbustos agrestes, revueltos, selváticos. Ve el calvero y el mantel estampado en la hierba. Respira un fuerte olor a romero y con su pulgar persigue el contorno de su pecho y desciende por la ijada (por las estrías después) hasta el boscoso momento en que las manzanas echaron a rodar por el suelo y el agua derramada buscó un cauce mayor al arrullo de aquel arroyo que, como la sangre, como el aire mismo, fluía no muy lejos