J.

rrado. Tras la ventana, una mañana de jueves lluvioso: la seriedad echada en una cama de hospital y ella, abierta de piernas, en la mía. Va de la mano a la boca —nada que objetar—: «OJO» (afuera el gris que cae del cielo y contagia los edificios; afuera la fiebre pequeña que quema los coches; afuera, hileras de industriosas gentes que insisten en el barro, los muchos charcos) «corre, métela ahora» y ríe tremendo chorreón