Dama y caballo

o Caballo y dama
El vigor se yergue y declara sus intenciones que no son tantas sino una: ella lava sus pies y los besa. Se ha inclinado y expuesto a la atroz embestida que persuade a la piel que cede a uno y otro lado. Todo marcha con prontitud, en línea recta: con el galope de los trenes desbocados que van acantilado abajo, prevalece el trono de hueso sobre el lomo carnoso —qué otra cosa—: ella, entre tanto, se coge con delicadeza a los barrotes de hierro y grita gritos apenas dulces que con dulzura resbalan de la cama al suelo y se arrastran después lejos de allí, lejos de los brutales bufidos que no van a ninguna parte, que mueren angustiados entre cuatro paredes, que lloran antes campos verdes y un cielo azul.