arqueando la espalda, lo levantaste, me lo ofreciste. Y pusiste la mano sobre el tronco del árbol: diría que pretendías su tacto rudo, rugoso... es más, diría que dejaste la cabeza ahí, reposada sobre un costado, en el alféizar. Podría decirse —pensándolo bien— que buscabas por el rabillo del ojo qué acontecía arriba, en el fragor de un mar agitado de muchas ramas y una miríada de hojas... Buscabas, sí, entre los destellos». Sólo recuerda unos golpes, media docena lenta, delicada, y una paz grande que nadie ha pedido y todos gozan.