hasta las primeras lluvias de noviembre. Aquella muchacha italiana se venció con el simple roce de mi mano en su mejilla: «llámame (si te encuentras sola)» y llamó (se encontraba sola) y quedamos una tarde de jueves que no acabó nunca: con dulce acento toscano leía versos de March y yo creía que nos besaríamos, pero no hicimos más que sentarnos el uno junto al otro (muy cerca) y quemar las horas con la fiebre alta de su secreto: «vuelve (si traes el rocío)» y volví (lo traía conmigo) a la misma tarde de jueves en que, de pronto, su cuerpo nevado es la tierra y el azul del cielo el que se derrama sobre sus cabellos y los esparce: su secreto, así como las flores al alba, se despereza por fin en un tímido bostezo, Francia arde en sus sienes y el corazón ceniciento de Viena.