Pensé que sería una sola vez. Algo esporádico. Pero regresaba a las once y cuarto de aquella misma mañana (minuto arriba, minuto abajo) todas las noches. Y así un mes: con la cabeza en la almohada, libré su culo a la luz mortecina —aséptica, si se quiere— de los fluorescentes de los lavabos de la estación y aquellas aguas agitadas, libres de ataduras y correajes, me sacudieron y arrastraron hacia su interior: «lléname» y, en un instante, las orillas rebosaron con la mucha abundancia. Su rostro —si alguna vez lo hubo— disuelto en la arena, entre las sábanas, a mis pies.