(...) el helado se derrama, la teta escapa a su sujeción (ni la boca primero, ni la mano después logran retenerla: va y viene, más y más alto, en busca, libérrima, del cielo del techo). La lengua, sin demora, atrapa el rastro de vainilla que resbala por entre los pechos y se detiene en el ombligo y ella, a todo esto, le tira de los cabellos, lo empuja, lo arrastra al encuentro de otras mieles. La teta yace entonces derramada como el resto del helado que, gota a gota, agota su naturaleza, pierde la forma, ahonda la sustancia. Entre tanto, un dulce zumbido de abejas crispa el aire blandamente: el aguijón, en alto, aguarda el consuelo de una mano o escupírselo —de cualquier manera— a la cara:
—Hazme, aunque sea, una mamada.
—¿Qué hora es?
—Tenemos cinco minutos.