Anverso

(No lo dice)
Se le ha puesto encima e introduce el pene en su vagina para después, acto seguido, dar unos tímidos saltitos que le sacan de quicio: «cuánta torpeza. Eres grande, una mujer grande, robusta y sólida, cuando yo quisiera un torso delicado y pequeño que cupiera en mi sola mano y, en su lugar, obtengo los tobillos gruesos y el cuello ancho de una porqueriza. Tus brazos —lo veo— llevan un lechón rosado y terso y no te preocupa y derramas su sangre, después, en el hogar junto al fuego...».