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Anverso
yo quería agradecerle que se ofreciera todos los días a cederme su sitio en el autobús —sus pechos, aún prietos, como sin brillo, deshacen distancias— pero a mí no me importa ir de pie por más que insista —su deje sureño se disuelve en saliva, en la miel de una lengua hambrienta— en la peligrosidad de tanta curva seguida —sus dedos desabrochan la bragueta: el pene cae rendido, seco, sin alma—. Es usté todo un caballero y yo