Se acerca y le dice «soy todo lengua». Se pone de rodillas y le coge un pie con ambas manos, lo besa y mira al cielo hasta hallar su rostro (a lo lejos) para decir (de nuevo) «me admira la amplitud serena de la columna en que descansan tus senos rebosantes, la sombra luminosa en que me hallo, la sola idea de unos dedos pequeños y sensibles bajo el calcetín». Lame su rodilla y después. Vertebra a vertebra, la cabeza, ella que mira unas gotas blancas, la fiebre derramada en el suelo.