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Veo el rostro de aquel hombre. Miro sus ojos, digo ¿cansado? y asiente lentamente —la inercia lo lleva—. Esperamos sentados: la hierba, alta y seca, mecida por el aire, ni va ni viene. Esperamos un tren. Después llega la muerte.
—No pude nada —empieza—: quise quitarle el vestido porque buscaba sus pechos, aquellos pechos suyos que apenas existían, porque mis manos vivísimas se desvivían con su canto sencillo, precoz, porque querían tocarlos... si no tocarlos, respirar su silbo suave, menudo (aunque fuera una sola vez). Hubo un frío azul, inhóspito, al final. No quedó nada bajo aquella mirada. No quedó