Sólo pido llegar a casa y tener a mano un cuerpo con el que rozarme para poner calor allí donde el frío anida con insistencia. Me acuerdo a menudo de su voz diciendo «cómo te ha ido el día hoy» o «al final le he dicho que», así como unas hebras tiernas de calor perdidas en mitad del campo (sin luz), de las calles antiguas ya sin eco». Finalmente se propuso abrir cuantas venas supiera encontrar para dejarlo salir en libertad.