Tuvimos —diría— sexo terroso en la piel de espectros excretados por una noche más bien enferma. Rebosantes de carne, con las manos llenas y la boca tan honda que sin fondo, gozamos del torpe desmoronarse de aquellos terrones calientes, del humor viscoso que, disuelto en el aire, resbalaba hacia el techo, de aquella cierta forma de gloria que ensuciaba la mejilla (sonrosada) y las nalgas (también sonrosadas). Decía, en delirio, «estiende los paños blancos, estiende las sábanas viejas, algo raídas, al sol que se precipita a través de los alegres ventanales, estiéndelas y los, pronto» decía.