No sólo la mirada, también los dedos de una mano indican el lugar: «aquí. Clávala aquí» (no es que lo diga, ni lo que dice, sino lo que calla y yo imagino: «si tú te atreves, diré yo de nuestro encuentro (más o menos) furtivo en cama o sofá —qué importa—: dejaremos correr el semén (que es de lo que se trata)». Ella, entonces, se sienta e inclina la cabeza: «por la boca, espalda y nalga, como corre ahora por tus muslos y mejilla».
—¿Perdona?
—No, nada. Creía que eras una mujer…
—¿Una mujer cómo?