Poco después de las siete, llego a casa y no sé qué narices hacer con los minutos que abril derrama sobre la mesa. Voy a por una cerveza, una pedazo de pan y algo de queso. Me siento. Pienso en la primera vez: no sé si fue la luz, prendida del rojo de los geranios, o el sol echado en el suelo del comedor, quien me recordó lo que la vecina de enfrente —con apenas treinta— me dijese un par de semanas antes: «cuando quieras».
—Tus hijos son un encanto.
—¿Verdad que sí?
—Sí.
—Niña: ponle la tele a tu hermano y vigila no se suba a la ventana que mamá va a acompañar a este señor al cuarto un momento para que le arregle unas cosas…
—¿Qué cosas?
—Una cosas.