Más de cuarenta noches y sus pechos, al descubierto, persisten altos y orgullosos. Con severidad, dice: «Tú: Mírame». Y su torso, macizo invicto, reúne una vez más senos y vientre, esternón, clavícula y cuello, serenidad, belleza reposada y quietud: estatismo (sólo roto por la lenta letanía que, de improviso, dirije al que dice ser su marido: No hay tragedia en las palabras que lo reducen, poco a poco, a poco más que un verme informe incapaz de hendir el mármol: «tócame».
—Vas a coger frío.