V.

V. vivía en su casa: como el que pone un clavel en su solapa, pone en su dedo corazón el delicado aroma que el vergel de su entrepierna deposita en las diminutas gotas de rocío. Cuando se sienta a la mesa, en un restaurant, mira a otras mujeres pasar, se deja, en cierto modo, llevar por el fascinante vuelo de sus faldas con el mentón en alto sobre el pulgar (extendido) y nadie se da cuenta de cuan cerca descansa el corazón del corazón.