Regresa la tarde: sólo un rostro y unas manos duras, embrutecidas, al otro lado de la mesa. Con un pequeño cuchillo, llesca el pan antes de repartirlo (yo, después, lo despedazo y arruïno). Regresa la noche: cuando vuelve a la cama, revuelvo camisón y sábanas, busco su torso sin rostro, la extensión y volumen definitivos en que derramar la ansiedad del cazador y la angustia del labriego. Finalmente, su pecho, blanco y reposado, yace rendido, yace sin nombre. Mi sola mano (torpe, tosca, brutal) le ofrece una miríada de epítetos diminutos poco antes de hundirse en la fosa que aguarda al cabo de todas las cosas.