No sólo los pezones, sin brillo ni gracia, yacen a la luz de la lámpara: también las caderas, con los años caudalosas, o los pies, sueño de puños mojados, descansan sobre las sábanas a la espera del hombre que, con las manos de un cadáver, separa los muslos aún blancos: los dedos, en cascada, se precipitan sobre el coño, se enredan, juegan y trenzan con los pelos duros y negros: «¿no tienes nada que meter?»: hurga, en efecto, entre los labios carnosos, algo secos, hasta dar con la hendidura por la que introduce hasta dos falanges huesudas en busca de savia nueva.