«Cubre tu pecho», le dije, «cúbrelo que, tiernas, las almas jóvenes de jóvenes se arruïnan en verlo y, rotas, rompen en súplicas salpicadas de fiebre, fiebre que riega, fiebre que ruega por el doble medallón de tu pecho. Mira sus ojos», le dije, «míralos anegados de ansiedad ante tanta ligazón, ante tanto nudo que deshacer, ante tanta tela que desprender, tanto paño que descubrir…»