Es realmente importante que un laboratorio dé con la fórmula que permita el desarrollo de bacterias artificiales en una noche determinada, más, de hecho, que su lengua recorriendo el contorno preciso de sus pechos o sus dedos bebiendo de su entrepierna, más, mucho más que el abrazo de sus labios, la blanda prisión de sus dientes, el tierno enredo de muñecas, tobillos y hombros o el suspiro encarnado que desemboca en cuatro espasmos y un reguero que mengua cuello abajo.