X.

Hubo un tiempo —soñaba a menudo— en que los coños esperaban abiertos, abiertos y lubricados: un día, en un rapto matutino, dejó a la que, por dos años, fue su mujer ―un coño siempre mojado― por la mirada y dos tetas de otra que dejó escapar, por seguir coqueteando, el tren de las ocho menos cuarto. Consumaron sin reparo (resultó que tiraba las cartas los fines de semana y andaba en furgoneta —un modelo viejísimo, extranjero— por los pueblos —su coño lubricaba siempre después de comer—: quiso creer que ella ayudaba a aquella gente, pero el olor a pobreza de los muchos billetes que juntaba al cabo del día le hizo pensar que hubo un tiempo —soñaba a menudo— en que hubo un tiempo en que hubo un tiempo en que