No pudo ni quiso saber que su mirada callada no callaba (tampoco su respiración reposaba). Quiso ver, sin embargo, la blusa que anuncia la primavera en no más de veinte y su seno, debajo, que entona un canto breve de sirena (doblemente vivo). La negrura espera espesa en lo alto de sus piernas junto al vértigo y la fiebre: allí, la sima marina y otras esencias del piélago en que somorgujar penurias y penas. Penurias y penas.