H.

humedeciendo sus labios dijo: «Si vienes a mi coche» y el amor floreció en la dulce ausencia de apódosis. Pensaba, mientras miraba, en la redondez pubertina de sus pechos, en la delicada curva que pendía de su ombligo o en los muslos que atrapaban el aire, extinguiendo la luz. La vida, entonces, conformaba el deseo sobre las horas muertas en el banco de un parque. Y ella no pudo insistir.