G.

El hombre se le acerca con humildad y sin alzar la voz (siquiera la vista). Le dice «has de donar el teu nom a la meua ègloga» y la muchacha se ruboriza. Piensa el color exacto de la manzana. Imagina los pechos que han brotado, de un tiempo a esta parte, en su pecho. Y el vello que florece y sus caderas ahora. Su nombre, la mujer.