Uno de veinte mil soñaba todas las noches la letra del encuentro: «la prenda, mi señora». Contaba, en regresar, con reposar su cabeza sobre los pechos más blancos que desnudos de su amada. La nieve en las cumbres inflamaba su ánimo: caballero y caballo marchaban con la cabeza en alto. Cuando contemplaba los riscos, cuando buscaba la cima de la montaña hendida, no advirtió la emboscada hiriente. Cuando su mirada quedó atrapada entre las oscuras ramas del abeto, decidió el color y la forma de sus pies. Perfectamente recordaba su paso aquella tarde, en el patio, a última hora. El guante, sin más, se deslizó sobre una losa fría y sola.