P.B. en E.V.

o E.V. en P.B.
la azada iba del cielo al suelo. De tanto en cuanto, falto de aire, la dejaba en tierra y buscaba el azul en lo alto, secaba el sudor en su frente. Fue así como la vio pasar un día frente a su huerta: «¿Y quién será?». Nada dijo. Hubo una segunda, tercera ocasión ―cada mañana de martes cruzaba por allí―: «¿Qué pensará? ¿Cómo serán sus días?» y fantaseaba un rato hasta dar con una vida al completo. Luego, henchido el pecho, recogía la azada del suelo.