De pronto le dijo que los versos de Argote y Góngora podrían ser muy buenos, y él brillante, claro, pero dijo también que todo aquello era un fastidio, que le aburría un montón… Cerró el libro. Miró las letras sólo letras y al viejo monóculo, fuera del tiempo, en su portada. Ella, sin llegar a sonreír, se quitaba las bragas