I.

Después se sentó en un margen y encendió un cigarrillo. Dejó que las palabras resbalaran, que fluyeran en un inglés líquido hasta los pies de la ventana. Escapaban. Miraba atardecer. Pude saber que soñaba con otro hombre que alcanzara a quererla como él, el primero, un novio que tuvo al que no le bastaba la vida, allá en su tierra. Habló después de un lago oscuro, de aguas negras, de algún modo somnolientas... Acariciaba su cuello largo y blanco. Amanecía.