Hablaba de vehículos velocísimos. De cilindradas formidables y motores espantosos. De campeonatos, de los hombres que había bajo los cascos que aparecían fotografiados en los pósters de las paredes de su habitación ―no, els meus pares no hi són―. Hablaba cuando le pedí con estas palabras que bajase la bragueta de mis pantalones y buscase dentro. Si entonces sonrió, fue para disculparse. Tras un «va, dona», buscó con dedos fríos (apenas sonreía): la sacó ―no me la ficaré a la boca― y, por un momento, creí ver a Dios en la agitación de su mano (tan torpe). Fue poco antes de esparcirme, muerto, sobre el colchón.