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Si, abajo, un vecino sale a la calle, cruza el rellano un aire suave, ligero, que, por momentos, cree sofocar los suspiros que mueren mordidos. En su lugar, calma la piel y abre, a su paso, la puerta que da al exterior. Era, en principio, un lugar apartado. Eran la penumbra y la tarde que habían buscado durante tres días. Bajan la voz, olvidan un poco: ni la luz, ni nadie, le impiden descubrir sus pechos, apenas nacidos, por encima de la ropa. Palpa y aprieta. Dos, tres besos sobre el hombro desnudo y un mordisco sin dientes que se extiende en su cuello hasta que la mano, su mano, desecha la duda. Aunque le ha pedido en vano (tres, cuatro veces) que se suba la camiseta, no pregunta cuando coge su mano y la lleva hasta su entrepierna: ella, con el alarde de juventud ―la plenitud de significado―, hace por retirarla y él sorprende, de pronto, el resquicio de luz de terrado al otro lado con los paños blancos al viento (bajo el cielo azul).