Espera a la noche, a las luces apagadas, antes de humedecer dos de sus dedos. Poco a poco, se deleita y ronda. Se distrae y hunde. Olvida: lentamente recoge los restos del día. Recuerda su torso al sol, sus brazos en tensión y sus ojos sin apenas brillo. Han pasado otra tarde juntos. Han ido de la mano. Se han besado (en el portal de casa, por el camino y cerca del molino viejo). Debían andar lejos, de hecho, tras el cañaveral ―ningú no ens veu―, cuando se le ha echado encima con fuerzas renovadas. Ha llegado a creer que nunca antes la había besado, que nunca antes la había tomado entre sus brazos: «treu-te-la» y se ha visto, de pronto, frente al espejo ―les mans massa grans, els pits menuts―: «no siguis burro» y ha hecho como que desabrochaba sus pantalones, como que se mordía el labio, como que miraba con gravedad. Y allí estaba, enhiesta, mirando al cielo. Y allí, los dos, mirando el esperma, en fabulosa parábola, derramarse sobre el trigo salvaje y verde. Y allí, por un momento, riendo. Felices de algún modo.