Aunque la había querido gruesa, sus caderas, una vez desnuda, se ensancharon más que «gruesa». Había llegado a su casa siguiendo unos ojos azules y una sonrisa amable. Habían tomado algo en el comedor, se habían besado en el sofá y, después, en el cuarto de matrimonio, habían descubierto aquellos pechos, pequeños y redondos, que bien valían una erección. Quiso agradecerle la deferencia de cuclillas, a los pies de la cama: mojó dos dedos y mojó el glande (antes de llevárselo a la boca). Él, entre tanto, se imaginó echándola en la cama, separando sus muslos y penetrándola gentilmente, pero los matices se le escapaban por momentos.