Tendió sus labios hacia lo más íntimo, allí donde el negro se apretaba fuertemente y el aire se cerraba en torno. Frente a la densidad del sexo, consideró su cuerpo y ánimo por encima: más que sus piernas abiertas, la apertura de sus piernas y el trato umbrío, sobre todo, de su vágina sobre su boca. Vio, en lo alto, la emersión de sus pechos y la emersión, en su extremo, de los pezones. La lengua, entre tanto, traía humedades y llevaba saliva —muslo izquierdo con mejilla derecha— en la pesadez —mejilla izquierda con muslo derecho— de los párpados cada vez más pesados