Al fin, aquella tarde, se propuso amarla, a ella y a sus pechos, aquellos pechos suyos, arrastrados por su propio peso, volumen desgraciado, pezones descreídos. Toda aquella carne pendía fatalmente: los pechos sobre el vientre, el vientre sobre el pelo negro, duro, que poblaba fuertemente su sexo: Se abrió para ocuparlo todo: las hebras en las paredes, el sudor en la colcha, el olor, aquel olor, revuelto en el poco aire que restaba entonces, cuando, sujetos a la vehemencia de un clítoris desproporcionado, frotaba su entrepierna contra lo más bajo de su vientre.