Pensándolo bien hasta el hombre más feo del vagón ―y no lo digo yo― piensa también en referirle su virulento deseo a la única muchacha allí presente; la virulencia, ciertamente, se expresa contra la muerte en un, por así decirlo, recrudecimiento de la vida. Todo empieza cuando la muchacha, acalorada, descubre su ombligo (ombligo al que cabe sumar la pronunciada significación de unos pechos jovencísimos y tiernos). Algunos destacan, además, una delicada armonía en las proporciones, en el conjunto de cabeza, tronco y piernas, aunque el gesto, para otros, se tuerce en exceso. Aducen fatiga (arguyen hartazgo). Desean ―y no lo escribo yo― montarla, uno a uno, como los perros montan a las perras, antes de volver a casa.