Mira cincuenta años en el espejo de cuerpo entero. Mira el torso desnudo. Mira los ojos. Mira las caderas, los muslos, el vello púbico. Se dirige a la cama. Mira al hombre allí echado. Se sienta junto a él y le baja los pantalones del pijama. Coge un frasco de cristal de la mesita de noche. Lo abre. Moja unos dedos en aceite. Embadurna sus manos y le masajea suave, lentamente, los testículos. El pene se despereza. Lo coge. Lo estira. Lo masturba y se endurece. Se sube a la cama: se pone en cuclillas sobre el hombre y, ayudándose con la mano, introduce el pene en la vágina.