CH.

A ella lo que le gustaba era que la viera y que, en verla, no pudiera contenerse y, de una u otra forma, acabara echándosele encima, fecundándola. Sucedía, por lo general, en cualquier punto del piso, en los tránsitos, sobre todo, del cuarto de baño a la cocina. Andaba en bragas con cierto descaro y naturalidad y hacía lo posible por no enseñarle las tetas de buenas a primeras: volver a imaginarlas corría de su cuenta. Por aquel entonces, sin él saberlo, pretendía descendencía y el rigor de paredes y suelo, por fríos que se antojaran, no pudo nunca con la inercia de juventud de su brío matutino, de otra parte, hermoso.