Le gustaría que le dijesen «eres preciosa» al salir de la ducha envuelta en una toalla. Vestiría entonces, dispuesta a todo, unos zapatos de tacón alto a juego con el carmín de labios. Quisiera algo sencillo, unas palabras, si no sentidas, verosímiles. Que le dedicaran unos versos crudos que aparecieran, tarde o temprano, en una antología moderna en lo posible. Preferiría, de hecho, no tener que sentarse a escribir la vida de otra, vida que sueña, vida que odia, lo que perfectamente explica el diagnóstico del médico a dos capítulos del final.