Adamantaba en sus pechos la exigüidad que otros quisieron sobriedad. Adamantaba, además, su figura, rota de huesos: echado a su lado, contaba, una a una, sus costillas. Besaba después aquellos pezones, pezones angulosos, y libaba, amantísimo, su más dulce esencia. Moríamos lentamente. Dormíamos sin quererlo. Hallaba su cadáver por la mañana, proyectado en su piel, y penetraba en frío su vágina. Nuestro solaz consistía en atisbar la arista dura de dolor que atravesaba por sus ojos. Sus ojos, inertes, como sin vida, al cabo.