Tocaba todas las tardes a última hora del día. Abría las puertas de la terraza y dejaba que la noche entrase callando. Ella llegaba entonces. Llegaba cansada (llegaba del trabajo): se quitaba los zapatos, se recogía el pelo y esperaba tras él. No decía nada. A ratos, escuchaba. A ratos, se sorprendía buscando una explicación en las notas que salpicaban el aire. Sí, una disculpa. El perdón (el timbre). El silencio soñaba su muerte y su muerte no tenía fin. Lloraba el piano.